¿Qué pasa si el yoga deja de servirme o de gustarme?

Hace unos años María cuando estaba atrapada en un matrimonio tormentoso, comenzó a practicar conmigo. Se fue quedando más delgada a base de disgustos, pero, como toda la vida había sufrido con su cuerpo, paradójicamente se sentía más a gusto en sus carnes durante el peor momento de su vida. Además, la práctica del yoga le hizo descubrir que era más flexible de lo que pensaba y que de fuerza tampoco andaba mal.

De repente, se dio cuenta de que, a pesar de haber sido siempre sedentaria, tenía unas habilidades físicas que, trabajándolas un poquito, se desarrollaban más rápido que la media. Llegaba a posturas increíbles: equilibrios de brazos, torsiones extrañas, aperturas de piernas y caderas espectaculares.

Era casi una contorsionista de circo. Este poderío físico le dio fuerza mental para, por fin, divorciarse.

Una vez liberada del sufrimiento, María comenzó a disfrutar de la vida.

 Ahora estaba más a gusto en el trabajo, tenía libertad y se lo pasaba genial en su tiempo libre. Sin embargo, como los disgustos que antes le quitaban el hambre ya no existían, volvió a engordar.

Entonces aparecieron las inseguridades de antes. La práctica de yoga se vio mermada porque, al aumentar de peso, las posturas le costaban más esfuerzo. Incluso algunas dejaron de ser accesibles cuando el aumento de masa corporal se interponía en su camino, por ejemplo, cuando hacía una torsión o llegar más lejos en el estiramiento. Esta frustración le hizo abandonar la práctica y dejarse llevar por el proceso de engorde, depresión y autoindulgencia.

¿Qué hubieras hecho tú? 

Uno podría decir que hubiera hecho lo posible por dejar de engordar. Otro quizá, se hubiera aferrado a los disgustos de antes o se hubiera inventado nuevos para seguir sin hambre. Quizá tú hubieras disfrutado de la vida con tus kilos nuevos. En cualquier caso, mi recomendación es nunca abandonar la práctica.

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Siempre habrá cambios en nuestro cuerpo y cuando no son kilos que no queremos, pueden ser lesiones, minusvalías, enfermedades o el simple hecho natural de envejecer. Nada nos garantiza una salud de hierro, ni siquiera la práctica de yoga. Los accidentes ocurren, la vida ocurre. Y, sin embargo, hemos de adaptarnos, de seguir viviendo de la mejor manera posible. 

En cuanto a la situación de María, la lectura que hago yo es la siguiente. Esta chica practicaba yoga porque le salían todas las posturas y eso alimentaba su ego. No sintió frustración hasta que no vio sus capacidades físicas mermadas. Por lo tanto, cuando por fin tuvo oportunidad de trabajar sobre su crecimiento interior (mejorar la resiliencia, la disciplina, la compasión…) decidió dejarlo pensando que el yoga no era para ella porque ya no le hacía sentir bien. El yoga comienza cuando llegan los primeros obstáculos y nos enfrentamos a esas pequeñas frustraciones. 

María se quedó en la fase dos (página X). 

Hace poco me encontré con ella y tuve la oportunidad de contarle lo de las fases en la práctica de un principiante de yoga. Decidió probar de nuevo las clases. Ya lleva un tiempo y hace unos días me dijo “Julia, por fin entiendo por qué practicamos yoga”.

Si te encuentras en una etapa de estancamiento en tu práctica de yoga, ¡este es tu post! Descubre como revivir la llama del amor yóguica.

Todo lo que nos ocurre es un aprendizaje. No practicamos yoga solo cuando nos viene bien y nos sentimos jóvenes, ágiles y guapos. Ahí solo aprendemos a disfrutar de nosotros mismos, a engordar el ego.

El yoga también se practica cuando no nos aguantamos, cuando no soportamos estar en nuestra piel. Kilos de más, de menos, lesiones, baja autoestima… lo que quiera que haya en tu cuerpo o en tu cabeza, debemos enfrentarlo y trabajarlo.

Quizá estás en un momento de tu vida en el que necesitas un parón, una pausa para evadirte. Aún no estás preparada para contarte verdad. De acuerdo. Pero establece una fecha en el calendario para ponerte con ello. Para enfrentarte a tu verdad, para volver a ti y llevar una vida consciente. 

Vuelve a hacer yoga. Pero haz el yoga que necesites en ese momento. Quizá ya no te venga bien el hatha y necesites un yoga movidito. O, al contrario, quizá le tengas que dar un empujón a esa práctica de meditación y dejarte los vinyasas para más adelante. Pero invierte en ti. 

Y cuando practiques, recuerda, tu postura es tuya. Disfruta el proceso y disfruta de volver a ti.

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